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DE PROPIO

En el fondo, el catalanismo no es más que un «si nos dejaran a nosotros» que expresa una frustración más que un proyecto; es el fruto de una decepción con el entorno, el propio y el lejano, y parece eficaz, razonable y cabal en la medida en que es puramente teórico, además de simplista, esquemático, bastante pueril, ingenuo, retrógrado y endogámico, excesivamente proclive al consumo interno para muy iniciados.
Sin embargo, desde antes incluso de que Pujol reconstruyera el sentido del poder, el catalanismo era y es la tarjeta de visita indispensable para navegar por las aguas bravas o tranquilas del país. Sin el manejo de sus claves, sin la aceptación de sus reglas, ritos y peajes, sin la comunión, hipócrita o real, bajo sus mandamientos, el espacio es pequeño, el hipotético beneficio, magro, el margen de acción, reducido y las posibilidades, escasas.
No se trata de la mafia, ni de la masonería, ni de una religión obligatoria. Ni tampoco, probablemente, de la importancia de llamarse Ernest -ya perdonarán la gracieta-; es algo difuso y a la vez espeso, de castas, de silencios, de sobreentendidos, de toda la vida, de costumbres y tradiciones. Y con este cuento lleva ensimismada la política catalana desde el mismo momento en el que dispuso de las herramientas necesarias para empezar a aplicar un programa catalanista que, de momento, en lo único que ha consistido es en el logro de joder a los castellanohablantes.
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