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domingo, 18 de noviembre de 2012

Hartazgo (artículo de Jesús Laínz)

Mi buen amigo Jesús Laínz, ilustre bolígrafo santanderino, acaba de publicar un interesante artículo en El Diario Montañés, que me envía para que lo difunda y comparta entre mis amigos y lectores. 

Desde la distancia (geográfica) que le separa de Cataluña, y desde la perspectiva histórica (cuyos hechos tozudamente tienden a repetirse), nos recuerda lo que supone para nuestro país, España, esa ola de "federalismo" que sobreviene cuando no se sabe cómo salir del atolladero al que nos quieren llevar los nacionalistas.


HARTAZGO (El Diario Montañés, 16-nov.12)

“¡Estoy hasta los cojones de todos nosotros!”. Con estas palabras zanjó el barcelonés Estanislao Figueras, fugaz primer presidente de la Primera República Española, uno de los últimos consejos de ministros que presidió antes de escabullirse al tren del que no sacaría la nariz hasta llegar a París.

Porque en aquel 1873, recién abdicado Amadeo de Saboya, al pueblo español le entró una calentura política desconocida hasta entonces: el federalismo. Inspirándose en suizos y norteamericanos (estos últimos, por cierto, acababan de ganar la guerra que, en nombre de la federación, desataron contra los estados partidarios de la secesión), los españoles descubrieron de repente su entusiasmo por una forma política que instauraría la virtud y la felicidad terrenales. La gente se saludaba por las calles al grito de “¡Salud y República Federal!”. Negarle a uno el título de federal se consideraba la peor de las injurias. Y, sin embargo, nadie, ni en la calle ni en el parlamento, conseguía ponerse de acuerdo en qué consistiese eso del federalismo.

Unos hablaban de descentralización administrativa; otros, de anulación de toda autoridad, de soberanía de las comunas, de supresión del ejército y la policía, etc. Los municipios comenzaron a proclamar su independencia, se destruyeron telégrafos, se levantaron raíles, se desataron huelgas generales, se asesinaron agentes del orden, se lincharon alcaldes, la nación de Jumilla amenazó con la guerra a la vecina nación murciana, el cantón de Cartagena se apoderó de varios buques con los que bombardeó “potencias extranjeras” como Almería y Alicante…

Casi siglo y medio después, para contentar a quienes han dejado claro que sólo les interesa la secesión, los socialistas, dedicando compasivas miradas a los infelices que no alcanzan su altura moral e intelectual, promueven una segunda edición que comienza del mismo modo que entonces: no sabiendo ni lo que quieren decir con la palabra “federal”. 

Hagan la prueba. Pregúntenselo.

Jesús Laínz.

sábado, 24 de abril de 2010

El catalanismo se siente estafado por ZP (y los no nacionalistas también)

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(José Antonio Zarzalejos, en El Confidencial)

“Sepa señor presidente que hoy, día de Sant Jordi, jornada cívica, flota en Catalunya la sensación de estar próximos a un avieso engaño”. Éstas eran las últimas frases del editorial de La Vanguardia de ayer viernes que, con bastante suavidad, verbalizan el sentimiento del catalanismo político, especialmente en el PSC, según el cual el Presidente del Gobierno habría utilizado el nuevo Estatuto de Autonomía con propósitos meramente tácticos. Ante la inviabilidad constitucional del texto aprobado y refrendado en 2006, sectores importantes de Cataluña se reflejan en las expresiones de Antonio Puigverd: una sentencia -ya inevitable- contraria al Estatuto catalán situaría a “los moderados catalanes, que son mayoría, ante un horrible dilema: o humillación o conflicto. Si esto es así, no le saldrá gratis esta vez la cena al Pinocho de la Moncloa”. En unas crípticas palabras, Jordi Pujol, ante el panorama creado en el TC respecto de la ley estatutaria, afirmaba el pasado lunes en un acto público que “los ignorantes no tienen derecho a hacer política”. Era, claro está, una referencia a Zapatero.


José Luis Rodríguez Zapatero ha engañado al PSC y a otros sectores que aspiraban a un nuevo Estatuto, traicionándolos conforme a un itinerario político que puede sintetizarse en el siguiente decálogo:

1) Cuando el presidente del Gobierno sostuvo que el concepto de Nación española es “discutido y discutible”, no sólo mostraba un enorme desapego, o una suma ignorancia, hacia el pilar del sistema político vigente consagrado en el artículo 2º de la Constitución, sino que, en términos generales, remitía un mensaje que los catalanistas no quisieron o no pudieron entender: para Zapatero todo concepto superior -sea el nacional, sean los simbólicos- son “discutidos y discutibles”. Por lo tanto, ese carácter relativo de la nación se refería también al que sostienen los catalanistas y los nacionalistas vascos.

2) Rodríguez Zapatero, a diferencia de González, es un hombre poco viajado y menos leído. Desconoce tanto el País Vasco (por eso, entre otras cosas, fracasó su proceso de paz con ETA) como Cataluña. De acuñación izquierdista, entiende los nacionalismos como expresiones burguesas y conservadoras, incluso aunque el catalanismo sea compartido por un sector amplio del PSC, que es el que comandabaPasqual Maragall que jamás llegó a sintonizar con el Presidente del Gobierno ni él con la gauche divine de la ciudad condal. En otras palabras: Zapatero está anímicamente más alejado de Cataluña y del País Vasco que ningún otro presidente anterior.

3) No obstante, la única manera que tenía Rodríguez Zapatero de hacer saltar la hegemonía de CiU en la Generalitat y llevar al PSC al poder, como prólogo de lo que podía ser y fue su victoria en las elecciones generales de marzo 2004, era prometer un nuevo Estatuto a Cataluña antes de las elecciones autonómicas de 2003. Lo hizo aceptando, dijo, el que enviase a Madrid el Parlamento catalán. Y aunque CiU obtuvo más escaños que el PSC en las elecciones, éste formó gobierno con ERC e ICV al amparo de esa promesa refundacional del autogobierno catalán, del que se excluyó a los nacionalistas y al PP.

4) Los socialistas redujeron en el Congreso el texto del Estatuto elaborado en Barcelona, pero siguieron avalando una ley orgánica con graves problemas de colisión con la Constitución, como denunciaron numerosos juristas -de diversa militancia- que fueron olímpicamente ignorados. Zapatero continuó adelante acordando en una reunión privada con Artur Mas en la Moncloa el capítulo relativo a la financiación, granjeándose así el apoyo de CiU al nuevo Estatuto.

5) Antes, en 2004, el presidente del Gobierno, y cuando ya estaba en trámite la elaboración del Estatuto catalán, promovió a Manuel Aragón Reyes a magistrado del Tribunal Constitucional, sabiendo toda la comunidad universitaria y jurídica que el catedrático de Derecho Constitucional se había pronunciado en textos académicos y periodísticos acerca de la unidad de la nación española, la inaplicación del concepto de “nación de naciones” y a favor de la jurisdicción del Tribunal Constitucional.

6) El presidente del Gobierno dejó -pese a que había una propuesta sobre la mesa- que el Tribunal Constitucional no se renovase en tiempo y forma, prorrogando, incluso, la jurisdicción de la presidenta, María Emilia Casas, especialista en Derecho Laboral, alejada del derecho público, de personalidad insuficiente para liderar los debates y persuadir a catedráticos y magistrados de una envergadura superior a la suya -desde el propio Aragón hasta Guillermo Jiménez-.

7) Los propios magistrados propuestos por el PSOE -derrotados en la votación de la quinta ponencia de la sentencia- se han mostrado partidarios de oponer graves tachas de inconstitucionalidad al Estatuto catalán, tachas que se incorporaban bien en el fallo, bien en el fundamento jurídico conclusivo. De ahí que en Cataluña hayan llegado a la conclusión de que tan “verdugos” del Estatuto (como ha escritoJordi Barbeta) eran los conservadores como los progresistas.

8) Al presidente del Gobierno, por razones no explicadas con transparencia, no le interesa ahora la renovación del Tribunal Constitucional como reclama el PSC y CiU, ni la modificación de la Ley Orgánica que lo regula, de tal manera que el grupo socialista no apoyará ninguna de las peticiones que se hagan en este sentido en el Congreso de los Diputados aún a costa de agrietar el socialismo y poner en peligro su cohesión. Veinticinco de los 169 diputados socialistas son del PSC.

9) Zapatero, demostrando su falta de creencia en las posibilidades inmediatas del PSC y del Gobierno tripartito, está haciendo un despliegue de seducción con CiU, coalición preferente en los pactos de carácter socio-económico. Montilla ha declarado al respecto: “No me molesta que PSOE y CiU pacten, pero cuando exhiben trofeos, me da risa”.

10) El presidente del Gobierno consistió y hasta alentó el llamado Pacto del Tinell (14 de diciembre de 2003) que trató y consiguió aislar al PP en Cataluña, se negó a pactar con el primer partido de la oposición el Estatuto -al menos a intentarlo- porque calculó, y ahí acertó que Rajoy lo impugnaría ante el Constitucional y que ocurriría exactamente lo que está ocurriendo: que había hecho una promesa táctica al catalanismo, que prosperaría inicialmente, pero que decaería por inconstitucionalidad bajo el liderazgo de un magistrado progresista -azañista por más señas,Manuel Aragón, que a nadie ha engañado, ni nada ha simulado- nombrado a propuesta del PSOE.

Y así, ni más ni menos, Zapatero ha consumado una taimada traición al catalanismo cuya responsabilidad consiste en dejarse engañar. El Presidente ha humillado -esa es la verdad- al PSC y a amplios sectores catalanes desentendiéndose por completo de la suerte del Estatuto. Y ha cometido un nuevo y quizás definitivo error que puede costarle muy caro, no sólo en términos electorales, sino también en la unidad de su partido. Este presidente -¿alguien tiene ya duda?- forma parte del problema de la crisis institucional española y en modo alguno de la solución que precisa. Jamás debió jugar con los valores superiores de la Constitución y jamás debió engañar sobre su adaptación a pretensiones que los rebasaban.

jueves, 15 de abril de 2010

Montilla sigue creyendo (por Jesús Royo)

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(La Voz Libre).- El 10 de abril Montilla subió a Pinós, en el centro de Cataluña, como nuevo Moisés al Sinaí, a proclamar solemnemente su fe: "Creo en Cataluña, nación fuerte y orgullosa, celosa de su libertad, generosa y apasionada". Como se ve, los adjetivos de los que dota a Cataluña pertenecen al género 'leyendas de escudos', porque son tan pretenciosos y tan huecos como las soflamas de todos los blasones de todas las ciudades, comarcas y corporaciones de toda laya que en el mundo han sido: muy ilustre, noble, leal, benéfica, liberal, heroica, fiel, hospitalaria, gloriosa, etcétera.

Montilla dedica siete párrafos a detallar esa fe catalana, pero sólo uno para su fe socialista: "Sigo creyendo en el socialismo, como ideal..." A veces pienso que los que sueltan el latiguillo ese de 'socialismo como ideal' en el fondo se alegran de que sea ideal, y que no van a hacer mucho para que llegue a ser real. Frente al resolutivo y rotundo 'creo' referido a Cataluña, el 'sigo creyendo' referido al socialismo suena a melancólico y cansino. Con toda la que está cayendo, y está cayendo enterita sobre los lomos de la clase obrera -digo clase obrera y no 'clases desfavorecidas', como estos neosociatas de pichinglís, que toman lo de 'clases' con papel de fumar, con dos dedos y levantando el meñique-, digo que con la que está cayendo, el socialismo debería ser algo más que un ideal de fondo, un horizonte plácido e inocuo.

Ese desequilibrio siete a uno -siete a Cataluña, uno al socialismo- es indicativo del propio psC, un partido catalanista con un cierto aroma leve de socialismo, quizá ya sólo un recuerdo. Hace diez años se cambió el diseño de las siglas y a la C se le dio el doble de grosor que a la P y la S: ahí se declaraba plásticamente qué es lo sustantivo, la C, y qué es lo adjetivo, la S. Exactamente al revés de como lo sentimos la mayoría de militantes, para quienes que sea catalán es lo de menos.

Pero lo chusco es cuando Montilla va desgranando su fe catalana: "Soy catalán y catalanista, soy europeo y europeísta, soy español y federalista". Si eres catalán, europeo y español, y te declaras catalanista y europeísta, ¿por qué no también españolista? ¿Por qué das el cambiazo a la carta y te sacas de la manga lo de federalista? La respuesta es clara: un aspirante a president no puede declararse españolista, aunque debe ser catalanista. España, por lo visto, mancha. Yo, la verdad, siento decirlo, este discurso oficial del psC, este catalanismo ridículo y acomplejado, creo que destiñe. Me huele a cosa apolillada, al alcanfor de los armarios de antaño. Con lo fácil que sería: soy catalán, español y europeo. Y soy socialista. El resto sobra.

jueves, 18 de febrero de 2010

ABC: La coartada catalanista

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DE PROPIO

(ABC) Si ha habido un santo y seña en Cataluña bajo el que se han perpetrado toda clase de negocios sucios ése ha sido el del catalanismo. Hasta la imagen del propio Jordi Pujol se ha visto deteriorada por las sospechas generadas por los asuntos turbios manejados por hombres de su confianza, tales como Lluís Prenafeta o Macià Alavedra. El desparpajo con el que tales personas utilizaban sus influencias políticas para labores de intermediación no hubiera sido posible sin el prestigio de la etiqueta catalanista, una llave maestra capaz de obnubilar a los auditores más concienzudos e incluso a los jueces y funcionarios judiciales más asimilados al medio ambiente catalán. El peso del catalanismo en la sociedad es tan apabullante que sólo el Partido Popular y Ciutadans son ajenos a la dinámica que impone un concepto que una decena de intérpretes (políticos, articulistas y profesores universitarios) modelan cada día como si fuera arcilla para adaptarlo a las circunstancias. El catalanismo, por tanto, es la solución óptima a todos los retos del futuro, a la crisis, a la falta de camas hospitalarias, a las emisiones de gases contaminantes y a las lesiones del Barça, tanto en su versión maximalista -el independentismo pijo de Laporta- como en sus perfiles más constructivos y realistas, encarnados por Duran y el pragmatismo socialista.

En el fondo, el catalanismo no es más que un «si nos dejaran a nosotros» que expresa una frustración más que un proyecto; es el fruto de una decepción con el entorno, el propio y el lejano, y parece eficaz, razonable y cabal en la medida en que es puramente teórico, además de simplista, esquemático, bastante pueril, ingenuo, retrógrado y endogámico, excesivamente proclive al consumo interno para muy iniciados.

Sin embargo, desde antes incluso de que Pujol reconstruyera el sentido del poder, el catalanismo era y es la tarjeta de visita indispensable para navegar por las aguas bravas o tranquilas del país. Sin el manejo de sus claves, sin la aceptación de sus reglas, ritos y peajes, sin la comunión, hipócrita o real, bajo sus mandamientos, el espacio es pequeño, el hipotético beneficio, magro, el margen de acción, reducido y las posibilidades, escasas.

No se trata de la mafia, ni de la masonería, ni de una religión obligatoria. Ni tampoco, probablemente, de la importancia de llamarse Ernest -ya perdonarán la gracieta-; es algo difuso y a la vez espeso, de castas, de silencios, de sobreentendidos, de toda la vida, de costumbres y tradiciones. Y con este cuento lleva ensimismada la política catalana desde el mismo momento en el que dispuso de las herramientas necesarias para empezar a aplicar un programa catalanista que, de momento, en lo único que ha consistido es en el logro de joder a los castellanohablantes.

martes, 1 de diciembre de 2009

La prensa catalana en Interbricomanía

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Una de las más certeras reflexiones sobre la prensa catalana, orgullo del poder político catalanista, y vergüenza del periodismo mundial por su absoluta falta de imparcialidad, es la que han realizado LOS CLONES en este video.