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martes, 27 de abril de 2010

Jesús Royo: 'El Estatut no es una ley catalana'

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(La Voz Libre).- Es una ley española. A veces se nos olvida este hecho elemental. No es una ley catalana. Las leyes catalanas, después de ser promulgadas en Barcelona, pueden ser recurridas por Madrid para ver si se ajustan a la Constitución o no. Pero no es el caso del Estatut. El Estatut es una ley aprobada y promulgada en Madrid por las Cortes del Estado y, por lo tanto, se basa en la soberanía de todo el pueblo español. No es, como se suele presentar, que Cataluña se dé a sí misma un Estatuto y después, en España, se lo pasen por el proceso de 'cepillado'. El Parlament tiene sólo la función de proponer la ley ante las Cortes, que son quienes finalmente la promulgan. De Barcelona no salió un Estatut, sino una propuesta de Estatut. Fueron las Cortes de Madrid quienes tradujeron esa propuesta en una ley vigente. El TC, si la declara inconstitucional, le enmienda la plana a las Cortes de Madrid, no al Parlament 'del Parque'.

El referéndum posterior -que, por cierto, no consiguió convocar ni siquiera a la mitad del cuerpo electoral- era una ratificación de lo aprobado en las Cortes. Una ratificación necesaria, de manera que si se hubiese rechazado el texto, éste habría vuelto a las Cortes. El esquema es: el pueblo español, titular de la soberanía, dicta, por medio de sus representantes, la ley por la que se ha de regir Cataluña, a propuesta del Parlamento catalán y condicionada a su aceptación en referéndum por el pueblo catalán. Cataluña, pues, propone y ratifica el Estatut, pero quien lo dicta y le da fuerza de ley es España.

Pero, como cualquier otra ley, el Estatut debe estar acorde con la Constitución. Sería un desbarajuste que en el ordenamiento jurídico estuvieran vigentes una ley y su contraria. De hecho, el ordenamiento jurídico es un desbarajuste, hay leyes vigentes contrarias a la Constitución, porque en su momento no fueron recurridas por los órganos competentes. Por ejemplo, la Ley del Catalán (Aznar pagó así el apoyo de CIU) o la reciente Ley de Educación de Cataluña (Zapatero le ha dado una larga cambiada, para no afrentar al PSC, su decisiva reserva de votos).

Hay que felicitarse porque haya recursos al TC, cuantos más mejor, porque eso redunda en una mayor coherencia del ordenamiento jurídico. Las leyes salidas de los parlamentos a menudo responden a condicionamientos y presiones circunstanciales de los partidos, y se hace necesario un control técnico, independiente del juego político, para examinar su encaje en la Constitución, la ley de leyes. Eso es lo que hace el TC, y es bueno que lo haga, necesario y conveniente. Lo importante es que sea un tribunal realmente fuerte, independiente del juego político, que lo es más bien poco. Y si puede ser, que espabilen, que no se les mueran las sentencias en las manos. Un recurso no es un trámite engorroso, no es una castración de la voluntad popular. Al contrario, es una feliz garantía de la permanencia de la voluntad constituyente del pueblo soberano. Por lo tanto, pese a la tardanza escandalosa, pese al servilismo ante las presiones de los partidos, debemos felicitarnos: olé por los magistrados y olé por el TC.

jueves, 15 de abril de 2010

Montilla sigue creyendo (por Jesús Royo)

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(La Voz Libre).- El 10 de abril Montilla subió a Pinós, en el centro de Cataluña, como nuevo Moisés al Sinaí, a proclamar solemnemente su fe: "Creo en Cataluña, nación fuerte y orgullosa, celosa de su libertad, generosa y apasionada". Como se ve, los adjetivos de los que dota a Cataluña pertenecen al género 'leyendas de escudos', porque son tan pretenciosos y tan huecos como las soflamas de todos los blasones de todas las ciudades, comarcas y corporaciones de toda laya que en el mundo han sido: muy ilustre, noble, leal, benéfica, liberal, heroica, fiel, hospitalaria, gloriosa, etcétera.

Montilla dedica siete párrafos a detallar esa fe catalana, pero sólo uno para su fe socialista: "Sigo creyendo en el socialismo, como ideal..." A veces pienso que los que sueltan el latiguillo ese de 'socialismo como ideal' en el fondo se alegran de que sea ideal, y que no van a hacer mucho para que llegue a ser real. Frente al resolutivo y rotundo 'creo' referido a Cataluña, el 'sigo creyendo' referido al socialismo suena a melancólico y cansino. Con toda la que está cayendo, y está cayendo enterita sobre los lomos de la clase obrera -digo clase obrera y no 'clases desfavorecidas', como estos neosociatas de pichinglís, que toman lo de 'clases' con papel de fumar, con dos dedos y levantando el meñique-, digo que con la que está cayendo, el socialismo debería ser algo más que un ideal de fondo, un horizonte plácido e inocuo.

Ese desequilibrio siete a uno -siete a Cataluña, uno al socialismo- es indicativo del propio psC, un partido catalanista con un cierto aroma leve de socialismo, quizá ya sólo un recuerdo. Hace diez años se cambió el diseño de las siglas y a la C se le dio el doble de grosor que a la P y la S: ahí se declaraba plásticamente qué es lo sustantivo, la C, y qué es lo adjetivo, la S. Exactamente al revés de como lo sentimos la mayoría de militantes, para quienes que sea catalán es lo de menos.

Pero lo chusco es cuando Montilla va desgranando su fe catalana: "Soy catalán y catalanista, soy europeo y europeísta, soy español y federalista". Si eres catalán, europeo y español, y te declaras catalanista y europeísta, ¿por qué no también españolista? ¿Por qué das el cambiazo a la carta y te sacas de la manga lo de federalista? La respuesta es clara: un aspirante a president no puede declararse españolista, aunque debe ser catalanista. España, por lo visto, mancha. Yo, la verdad, siento decirlo, este discurso oficial del psC, este catalanismo ridículo y acomplejado, creo que destiñe. Me huele a cosa apolillada, al alcanfor de los armarios de antaño. Con lo fácil que sería: soy catalán, español y europeo. Y soy socialista. El resto sobra.

martes, 16 de febrero de 2010

Cataluña, la región más española (por Jesús Royo)

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(Publicado en La Voz Libre)

Lo digo, evidentemente, para provocar. Quien haya seguido mis artículos, sabrá que lo de ser más o muy español, o catalán, o lo que sea, es una expresión que me la trae al pairo, que no me dice nada, que para mí no tiene sentido, vamos, que me cuesta entenderla. No entiendo que Pujol sea más catalán que yo, por ejemplo, o que los toros sean más españoles que el fútbol. Me remito pues, como marco conceptual, a lo que apunté en 'se es o no se es, no mucho o poco', en esta columna el 11 de noviembre pasado. Pero supongamos, como un juego, que sí, que hay un ránking de regiones más y menos españolas. En este artículo y en el próximo pretendo dar razones de que, contra la opinión común, Cataluña es una región muy española, si no la que más. Aunque al cabo, todo sea hablar por hablar, o hablar por no callar.

Las primeras tierras que se llamaron España -palabra fenicia- fueron las del litoral mediterráneo y aparece ya en textos ugaríticos de hace más de tres mil años. Se duda sobre su significado, 'tierra de conejos' o 'tierra de metales'. Pero era una denominación geográfica. España adquiere entidad política como provincia de Roma -en realidad dos provincias, al principio-. Los romanos, vencedores en las guerras púnicas, adoptaron el nombre que le daban los cartagineses vencidos, Hispania. La actual Cataluña siempre fue parte de la Hispania romana, desde su desembarco el 218 a.C. en Empúries. Tarragona fue su capital principal durante seiscientos años. Pero la conquista romana no se coronó hasta Augusto. Tarragona y todo el litoral mediterráneo hasta Córdoba -la otra capital inicial de Hispania- fue España durante un promedio de 100 años antes que el resto.

Al caer el Imperio, España pasa a ser una entidad independiente. En tiempo de los godos, Barcelona creció en importancia y llegó a ser capital del reino, antes de serlo definitivamente Toledo. Con la invasión árabe, el reino visigodo desaparece. La antigua Hispania pasa a ser sólo un recuerdo. Pero un recuerdo persistente, que legitima la larga guerra de recuperación. La Reconquista se hizo para recuperar la legitimidad del reino visigodo. La guerra se llevó a cabo 'per Déu e per Espanya', dice el rey Jaime I. Barcelona fue reconquistada en 801, noventa años después de la invasión árabe. Mientras la mayor parte de la península era Al Andalus, Barcelona ya volvía a ser España. Toledo fue recuperada casi trescientos años más tarde. La ventaja de Barcelona sobre el resto peninsular en cuanto a 'españolidad' es de 350 años como media.

Resumiendo: somos españoles desde el 218 antes de Cristo, con una interrupción de noventa años, 2.138 años en total. Contado en años, Cataluña -o al menos, Barcelona- es la región más española. Somos 450 años más españoles que la media. El resto de España, o empezó a serlo más tarde, o dejó de serlo más tiempo.

(2ª parte)

Decíamos en el artículo anterior que Cataluña es España desde hace 2.228 años, con una interrupción de 90 años, en los que fue del Califato. Ninguna otra región lo ha sido durante tanto tiempo. Pero sigamos con la historia. Ya en época moderna, Cataluña quiso independizarse de España -Guerra dels Segadors- en la gran crisis de 1640, junto con Portugal y Andalucía. Sólo lo consiguió Portugal, que también era parte de la Hispania romana y visigoda. La Guerra de Sucesión, que acabó el 11 de septiembre de 1714, no fue de independencia, sino entre dos aspirantes al trono de España, Felipe de Borbón y Carlos de Austria. El Reino de Aragón apostó por el Austria y perdió: no se derrotó a un país, sino a una causa, la del austracismo. El nuevo rey Borbón creó un reino de Nueva Planta unificado al estilo francés, sin fronteras interiores. Está claro que Cataluña perdió sus instituciones propias, pero también las perdieron Aragón, Valencia, Castilla, Navarra... Se puede decir que en ese momento nace España como Estado moderno: hasta entonces era una confederación con un mismo monarca.

Pese al sentimiento de derrota, Cataluña se suma al nuevo Estado porque le permite participar en la colonización de América, y lo hace con fervor y sin demasiados escrúpulos: los marinos catalanes fueron unos negreros excelentes. En América se amasaron los capitales que alimentaron luego la industrialización del siglo XIX. En la Guerra de Independencia, los guerrilleros catalanes destacaron por su patriotismo -español, por supuesto-. Luego, en el Estado Liberal, los catalanes siempre fueron partidarios de los aranceles contra los librecambistas de Madrid. O sea, mucho Estado, mucha España, y altas fronteras impermeables a los productos competidores de Europa. Se dice que nuestro ancho de vía diferente del europeo fue para evitar una invasión militar: yo creo que fue más bien contra la invasión comercial para preservar un mercado cerrado a los tejidos de Manchester, que hubieran arruinado la industria autóctona. Para Cataluña, España fue, pues, el ultramar donde enriquecerse y el mercado en exclusiva donde colocar la manufactura. España ha sido el gran negocio de la Cataluña moderna. Incluso diría que toda la Reinaixença del siglo XIX, que conducirá en el XX al catalanismo y al sueño soberanista, se basa objetivamente en la prosperidad que viene del gran negocio llamado España.

Toda esa interacción fuerte entre Cataluña y España hace que, por debajo de problemas de identificación, objetivamente Cataluña sea protagonista principal de la historia española contemporánea. El intento colonial africano -Marruecos, Guinea- tiene sello catalán: de Prim a la Semana Trágica. Incluso el fascismo español, en parte fruto del 98, se formaliza con material ideológico del Noucentisme: d'Ors sirve por igual al nacionalismo de Prat de la Riba y a la Falange. Los grandes movimientos de población de los últimos doscientos años tienen como destino Cataluña y el País Vasco: curiosamente allá donde se han creado movimientos secesionistas fuertes.

Sin duda, el nacionalismo es la respuesta del indígena al aluvión de inmigrantes, en demanda de la prioridad social. Otra paradoja: Cataluña es separatista porque es muy española. En realidad, donde hay más población española es en Cataluña, el País Vasco y Madrid. En Andalucía hay andaluces, en Murcia murcianos, en Galicia gallegos, pero en Cataluña los catalanes étnicos son minoría, la mayor parte provenimos o descendemos de todos los puntos de España. Somos tan españoles, que incluso aborrecemos lo español, siguiendo fielmente el tradicional autoodio hispánico. Creo que fue Balbontín, un exiliado republicano, escritor habitual de Cuadernos para el Diálogo, quien a la vuelta a España se hizo de Herri Batasuna "porque son los últimos españoles dignos de ese nombre". El resto, desde que nos decidimos a cancelar las banderías del pasado en la Transición, éramos unos aguachirris tibios y pactistas. ¡Bah!